jueves, 5 de mayo de 2016

Escrito 0001 - Belladona

Escrito 0001 - Belladona - Adrián Denbrough
Él estaba a mi lado, conduciendo el automóvil por las solitarias calles de la ciudad bajo una lluvia nocturna. Mientras tanto, contemplaba las gotas de agua romperse a lo largo del parabrisas y me preguntaba cómo es que le diría a mi novio que tendríamos un bebé. Tal vez no era el momento más prudente, pero estaba obligada a hacerlo. Hoy se veía feliz… Bueno, no en realidad. Bebió unas cuantas copas de alcohol antes de echar a andar el coche, por lo que estaba algo serio, pero al menos no tenía el entrecejo fruncido como lo había tenido estos últimos meses. Para mí eso era más que suficiente.

Al final, me decidí y lo hice. Sin embargo, las cosas no resultaron como lo esperaba. Recibí algo más que los insultos a los que estaba acostumbrada. Las tinieblas y la pálida luz de la luna, me dieron algo que quedaría para siempre conmigo.

—¿Qué no lo entiendes? Ése es tu maldito problema, así que resuélvelo como mejor te parezca —vociferaba mi novio bajo el capo del auto, en medio de la madrugada.

—Pero Craig… piensa…

—¿Eres sorda o estúpida? Dime, ¿de cuántas maneras quieres que te diga que no me interesa en absoluto ese parásito que llevas contigo? —gritaba con los sienes al borde de explotar.

—Craig… No deberías de hablarme de ese modo —le sugería completamente aterrada.

—¿Ahora me vas a decir cómo tengo que hablarte? —hacía su indignación más notable.

—Es que...

No me dejó si quiera terminar la oración cuando me atizó un par de bofetadas. Los golpes fueron tan fuertes que acabé estrellándome contra el tablero del coche. Las lágrimas empezaron a brotarme de los ojos y resbalaban por mis mejillas donde se evaporaban con el ardor de ellas. Era más que obvio que la noticia de mi embarazo no la había tomado bien, pero… ¿Qué esperaba? Nunca le gustó usar protección, ni dejaba que yo me cuidara. Tarde o temprano eso iba a suceder.

Sí… me dolía mucho lo que hacía. Pero, ¿eso significa amar, no es así? Tenía que soportar sus continuos correctivos e insultos, porque simplemente los merecía. Él me quiere, estoy completamente segura de eso. Al principio todo era distinto: los viernes me invitaba a cenar al restaurante que yo quisiera, ahora tenía que conformarme con dos comidas al día; antes me obsequiaba cualquier capricho que toda mujer suele tener, ahora tenía que agradecer por tener algo con qué vestirme; hace tiempo me decía: “princesa”, ahora debía sentirme afortunada cuando me llamaba por mi nombre, y no por el de algún animal; anteriormente hacíamos el amor a cualquier hora del día, ahora me sentía agraciada por las noches que pasaba en casa y no en un motel revolcándose con alguna mujerzuela; hace tiempo me acariciaba el cabello hasta quedarme dormida, ahora sus nudillos y cinturones se encargaban de ese trabajo.

Sin temor a equivocarme podía decir que era un buen hombre, porque seguía conmigo a pesar de mis estupideces. Sí, solamente él toleraba el desastre que era. ¿Quién aguantaría a alguien que no le tiene listo el desayuno a las nueve de la mañana?, ¿un novio estaría dispuesto a aceptar que su mujer quemara por equivocación su camisa favorita?, ¿acaso habría un hombre que admitiera que su chica hablara sin permiso con algún desconocido? ¡Por supuesto que no! Heather, no seas tonta... Él te ama y punto.

—¿Vas a quedarte recargada ahí toda la noche? —bramó Craig, esfumando aquella nube de pensamientos.

Levanté lentamente el rostro y poco a poco me dejé caer en el respaldo del asiento.

—No me digas que te dolió porque sólo fueron un par de golpecitos, y aun así te los merecías, ¿o no?

—Sí… tienes razón

Intenté acercarme a él para darle un beso en los labios, pero antes de que pudiera hacerlo, me aventó a mi lugar en un gesto de repugnancia. Lo comprendía, pues estaba ocupado manejando. No debía ser tan necia como para distraerlo.

Yo sabía que él odiaba a los niños, en especial a los bebés, pero tenía que hacer una excepción por lo menos una vez en su vida, pues este era nuestro hijo. Mi sexto sentido de madre me decía que no sería un varón, sino una adorable niña. Así que no quise darme por vencida, e intente convencerlo de si quiera volverse a replantear el tenerlo.

—Craig… Por favor, prométeme que lo pensaras un…

—¡Cállate! —frustraba mis intentos por hacerlo recapacitar.

—Por favor…

Cerró sus ojos y exhaló profundamente. Contemplaba cómo palpaba su frente e intentaba no perder la cordura. De verdad estaba afectado con la idea de convertirse en padre.

—Quieres hablar, pues entonces hablaremos —respondió, entretanto cambiaba el rumbo del coche.

Me llevó a la fueras de la ciudad y no entendía el por qué. Si quería hablar conmigo podía hacerlo en cualquier lado, no tenía la necesidad de alejarnos de nuestro hogar. Fuese cual fuese el motivo, no me atreví a preguntar, pues ya había aceptado el hablar sobre el tema y para mí era más que suficiente.

Irónicamente, condujo hasta un parque infantil donde decidió estacionarse. Cabizbajo, volvió a exhalar como si expulsara el humo de un cigarrillo de sus pulmones y salió del auto. Se abordó a mí, tras el vidrio de la ventana, y en un gesto que creí que nunca volvería a ver, abrió la puerta para ayudarme a bajar.

Una vez en la acera y antes de que pudiera cruzar palabra con él, me abrazó, rodeando sus extremidades por mi cintura. Sus cambios de humor eran tan frecuentes, que no se me hizo extraño lo que pasaba, ni que al próximo instante estuviera agrediéndome de manera verbal. Eso era tan común en él, así que aproveché ese efímero momento de armonía.

—Te amo —declaré sin poderlo mirar a la cara, intentando esconderme en algún lugar de su pecho como una niña asustada.

—Lo sé, bobita, lo sé —contestó abrazándome con más fuerza y dándome un beso en la frente.

—Y por eso quiero que tengamos este bebé —dije con la voz quebradiza. —Pero no es suficiente con querer, también necesito de tu ayuda y apoyo.

—Por supuesto que voy a ayudarte, Heather —contestó con tanta convicción, que di por hecho que así sería.

La emoción me invadió de inmediato. Fue tanta la conmoción que me llevó hasta las lágrimas. No daba crédito de lo que mis oídos habían escuchado. Mientras yo seguía incrédula ante la situación, la llovizna se convertía en tormenta sobre nosotros. Los relámpagos empezaban a dibujarse a lo lejos entre la oscuridad y la inmensidad del cielo, al igual que el viento emprendía su ardua labor por desprender las hojas de los árboles. Este clima tan peculiar me recordaba a esa noche de octubre cuando lo vi por primera vez en aquella fiesta. La manera en que miró cuando mi amiga Stefanie nos presentaba, juro que nunca lo olvidaré. Conocerte fue como drogarme con dulces bayas de belladona, me paralizaron y ya no pude huir de ti. Quererte conmigo significó amar el delirio y el letargo. Y ahora me tenías aquí, rendida a tus pies.

—Entonces, creo que no tenemos nada que hacer aquí.

—Claro que sí, tontita —dijo subiendo ambos brazos por mi espalda—. Voy a ayudarte ahora mismo.

—¿A qué te refieres? —repliqué desconcertada.

En menos de un segundo, enredó mi cabellera en la palma de su mano y tiró de ella, levantándome unos centímetros del asfalto. El miedo de que el cuero cabelludo se me desprendiera del cráneo y el dolor brutal, forzó a mantenerme erguida con la punta de los pies.

—Nunca entiendes nada, maldita zorra —gritaba de nueva cuenta al ras de mi cara, dejando caer su aliento impregnado de alcohol sobre mis mejillas.

Jaló una vez más de la melena, tirándome al frío y húmedo pavimento donde aterricé con la frente y nariz.

—¿¡Pero qué estás haciendo!? —intenté protestar, tratando de controlar la inevitable hemorragia nasal.

—¡¡¡Estoy ayudándote!!! —hablaba como si el mismo Lucifer se hubiera apoderado de su cuerpo.

Seguido de eso, no dudó en absoluto para correr y patearme la nuca como un jugador de futbol americano lo hace con un ovoide. Volví a estrellarme contra el concreto, dejando la silueta de mi cara trazada con tinta carmesí sobre él. Lentamente la vista se me empezaba a nublar. Ya no escuchaba nada con claridad, solamente ecos lejanos que se desvanecían en el vacío. En definitiva, no comprendía nada de lo que pasaba, ¿cómo es que de estar acurrucada en sus brazos, estaba ahora arrastrándome por el suelo siendo agredida sin misericordia?

Con lo poco que podía ver, alcancé a apreciar cómo cambia de posición y se colocaba frente a mi vientre. No lo pensó dos veces y realizó lo mismo. Hubiera deseado con todo mí ser que sólo fuera un golpe y que seguiría con mi correctivo de otra manera… Pero no, siguió firmemente hasta el cansancio.

—¡El bebé!, ¡el bebé! —susurré con el poco aire que me quedaba.

Intenté mirarlo con la brisa empapándome, y la luz de un relámpago fulminante iluminó su rostro. Nunca había visto unos ojos tan aterradores, parecían ser los de un monstruo de algún relato lovecraftiano.

—No te preocupes, yo me encargaré de que no nazca ese adefesio —garantizó entre carcajadas—. Y será mejor que te quedes quieta, porque si no, también te mataré a ti.

Estaba tan aterrada que sólo me limité a ponerme en posición fetal y a suplicar por la vida de ambos. Mientras él me pateaba una y otra vez, algo se hacía añicos dentro de mí. Tal vez eran las costillas perforándome los pulmones, o las vértebras fracturándose una tras otra como plástico de burbuja. Quizás ambas.

Después de unos minutos infernales, terminó con su castigo. Se paró a un lado de mí y empezó a contemplar con detenimiento a su “obra de arte”. Sólo veía sangre en todo mi cuerpo y en el pantalón de él, pero era todo. No podía ver más allá de manchas rojas desenfocadas por todos lados.

—Levántate, tienes que limpiar todo este desastre —ordenaba con serenidad absoluta, como si nada hubiera pasado.

Apenas y asimilaba lo qué intentaba decirme. Pero la verdad, ni siquiera podía respirar, mucho menos hablar.

—Maldición Heather, responde, ¿o aparte de ser estúpida también eres muda?

Únicamente daba imperceptibles señales de asfixia, sin causar respuesta alguna sobre él.

—¿Acaso también tengo que hacerlo? ¡Eres una inútil! —se acercaba de nuevo furioso.

De un tirón me alzó del suelo, y al ver que no podía mantener en pie, me empujó de manera despiadada al coche. Mi querido novio no sabría que esa sería la última vez que me volvería a poner una mano encima. Las fuerzas dentro de mí eran nulas, por lo que perdí el equilibrio con facilidad. Me dejaba caer hacia adelante como un clavadista olímpico se lanza atrevido desde un trampolín hacia una piscina, sin darme cuenta que frente a mí estaba la ventana del coche, esperando pacientemente a que la embistiera con el cráneo… Y así fue. El cristal se hizo añicos en mi rostro, penetrando a través de mi delgada piel. Unos restos se incrustaron en mi frente y otros quedaron dentro de mi cuello, atravesándome con agilidad la yugular. Sentía cómo la vida se me iba junto con mi último aliento… Hoy tanto veneno pasaba a cobrarme factura a mí y a una inocente criatura que ni siquiera tuvo la dicha de disfrutar este sueño al que llamamos vida. Amarlo nunca fue suficiente.

Ya no escuchaba los ecos de los gritos de mi novio alrededor, ni veía las manchas amorfas de su figura, sólo una densa oscuridad que cada vez me envolvía dentro de ella. Antes de que la negrura me absorbiera, pude percatarme de que alguien me cargaba en sus hombros y me arrojaba a la cajuela de un auto, el cual, sin duda, manejaría varios kilómetros lejos de la ciudad.

Ahora mismo pasaba toda mi vida como un viejo rollo de película por mi mente. Aún recuerdo aquella vez cuando les dije a mis padres que me iría a vivir a casa de Craig: “Lárgate, pero recuerda que una vez que salgas de esta casa para nosotros estarás muerta”, dijo papá, mientras mamá rompía en llanto y caía hecha pedazos. Él me asesinó para mis padres, después para mis amigos… Y por último, me aniquilaba para él y nuestro hijo.

Mi amor por él me llevó hasta aquí: al interior de una fosa improvisada en medio del desierto, donde las inclemencias de la naturaleza se encargaron de mí…Y de mi bebé. Nadie volvería a saber de mí, pues esto sería un secreto del que mi exnovio cuidaría bien, o por lo menos mejor que de lo que hizo conmigo. Sí, estaba muerta otra vez. Pero al final, era libre.

Participante 0001 – Adrián Denbrough

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