miércoles, 3 de abril de 2013

Historia 0014 - Cielito lindo


A veces me hace falta el tacto de una mano. Otras veces también. Nada sería de mí si no fuese porque las mujeres entran y salen de mi entorno para beber de ellas el néctar de la vida. Eso es suficiente para que todo tome un dejo de sentido, o para que, muy a su pesar, se enamoren. Quisiera, por ejemplo, recitar un poema para los enamorados, pero yo no creo en eso. Un romance es tan sencillo como poner una cita, fingir que nos gustamos y hacer que funcione. No es más. Y espero no se malinterprete este breve cuento comenzando así. Mis palabras buscan decir que no será más si así no se desea. Cada uno se construye su realidad, diría mi colega Kahlo.

Era viernes. Fue cuando la conocí e hicimos de nuestras vidas unos minutos, para conocernos en una noche y no perder tiempo en regalarnos falsedades.

—Mira —dije después de invitarle un trago —¿para qué me quieres coqueteándote si ya bien sabes que me gustas y que te gusto y que todo lo demás está de sobra? Mejor dime ahora si correspondes a mis cariños. No lo pienses; el amor se siente, no se piensa. Deberíamos vernos en los portales, todo pasa ahí. Y todo quiero que pase.

—¿Y cómo te reconoceré? Al fin y al cabo, cielito lindo, apenas vienes bajando y ya quieres mis lunares —me dijo.

-Ay, chula. Será muy fácil reconocerme, pues no encajo en el encanto mágico de Puebla. Pero no desesperes. Con tiempo y contigo, se me irán pegando las buenas costumbres. Es cuestión de una vida juntos.

Una vida juntos. Eso es lo que le siguió a la primera, la segunda y el número de cita que fuese. Quien se sepa poblano entenderá que cada esquina nos regala una historia, pero todo y más era ella entrando a mi departamento, quitándose los zapatos, haciendo rimar nuestros labios y nuestras caderas. Más éramos nosotros, siendo instantes, ajenos a la realidad, creando la propia y sabiendo, sobre todo, que la vida se torna gris. Sí, pero en mi chula tenía todo el color. O tiene, según se vea. Ella abrió con sus ojos una sutil herida que nunca cerró. Contrario a mis principios, la quise, y con eso pagué su partida.

“Me prometiste pasión, no cursilerías, baby. Es más grato ser tu olvido que tu ‘para siempre’. Mejor amor platónico que eterno; el segundo vive más, pero nada como el sabor del primero…”

A veces la recuerdo. Otras veces también. Y la pienso como lo que fuimos, un verso breve que recitaré por mucho tiempo. Mi señorita, mi amor platónico, de aquellos innombrables y francamente muy deseables días. No sabes lo placentero que es tenerte en la memoria.

Puebla de los Ángeles.

Participante # 14
Gabo Beltrán.

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